La factura multimillonaria que pagan los juarenses por la apatía
Por Guadalupe Parada Gasson
Durante años hemos repetido que Ciudad Juárez es una ciudad trabajadora.
Y es verdad, lo que casi nunca decimos es que también somos una ciudad profundamente pasiva cuando se trata de defender el interés público, nos movilizamos para cruzar la frontera.
Para buscar empleo, para sacar adelante a la familia, pero casi nunca para exigir mejores escuelas, transporte digno, parques, hospitales o un crecimiento urbano inteligente.
Y esa omisión tiene un precio, no es un costo moral, es un costo económico y es un costo político.
Cada año, cada administración, cada colonia, cada familia, la ciudad más cara es la que está mal planeada, existe una idea equivocada de que el crecimiento urbano genera riqueza por sí mismo, no, el crecimiento desordenado destruye riqueza.
El Banco Mundial advierte que la expansión dispersa de las ciudades incrementa significativamente los costos de movilidad, infraestructura y prestación de servicios públicos, mientras reduce la productividad y la competitividad económica. Ciudad Juárez figura entre las ciudades mexicanas donde se impulsaron instrumentos para corregir esos patrones de expansión urbana.
Eso explica gran parte de la historia reciente de Juárez, durante más de dos décadas autorizan miles de viviendas sin escuelas, fraccionamientos sin hospitales, colonias sin parques.
Desarrollos sin transporte, calles sin banquetas, y después nos sorprendimos cuando aparecieron los problemas, no fue casualidad, fue consecuencia, la ciudad dejó de planearse para las personas y comenzó a crecer para el mercado del suelo.
La factura económica: los economistas llaman a esto “costos de ineficiencia urbana”, los ciudadanos lo conocemos con otro nombre: dinero que sale de nuestro bolsillo, cada hora perdida en el tráfico representa productividad que nunca llegará.
Cada vehículo destruido por calles en mal estado representa patrimonio perdido, cada consulta médica privada porque no existe una clínica cercana representa un impuesto invisible.
Cada estudiante que debe recorrer media ciudad para llegar a la escuela representa tiempo, combustible y oportunidades desperdiciadas, el IMCO estima que la congestión urbana cuesta a las principales ciudades mexicanas 94 mil millones de pesos al año, con pérdidas promedio de 100 horas adicionales por persona en traslados y fuertes costos en ingresos y productividad.
Si esa metodología se proyecta a una ciudad del tamaño y dinámica económica de Juárez, el costo anual de la mala movilidad y de la expansión urbana se puede estimar en miles de millones de pesos entre tiempo perdido, combustible, mantenimiento vehicular, contaminación y menor productividad.
Ese dinero no aparece como impuesto, pero todos lo pagamos, somos una ciudad que produce millones… pero desperdicia millones, Ciudad Juárez es uno de los motores industriales más importantes de México, genera miles de millones de dólares en exportaciones.
Es líder nacional en manufactura, produce riqueza para el país, sin embargo, gran parte de esa riqueza se pierde todos los días por decisiones urbanas equivocadas.
El IMIP ha documentado que los grandes desafíos de Juárez siguen concentrándose en movilidad, crecimiento urbano, infraestructura, medio ambiente y servicios públicos, precisamente los temas donde la planeación de largo plazo resulta indispensable.
No somos una ciudad pobre, somos una ciudad cara, cara para vivir, cara para trasladarse, cara para acceder a servicios.
Cara porque durante años sustituimos la planeación por la improvisación, el costo político del silencio, Pero existe una factura todavía más grave.
La democracia también tiene costos, la ausencia ciudadana los multiplica, cuando la ciudadanía no participa, el poder deja de tener vigilancia, los cabildos dejan de debatir, los presupuestos dejan de cuestionarse, las prioridades dejan de construirse colectivamente.
Entonces aparecen las obras que nadie pidió, las inversiones donde conviene políticamente, los proyectos de corto plazo, Las inauguraciones, las fotografías.
Y desaparece la planeación, no porque falten instituciones, sino porque faltan ciudadanos, la democracia de un solo día. muchos creen que participar consiste en votar cada tres años.
Eso no es democracia; es apenas el trámite de entrada, la verdadera democracia comienza al día siguiente de la elección, cuando se revisan presupuestos, cuando se exige transparencia, cuando se acude a las consultas públicas.
Cuando se cuestiona el Plan de Desarrollo Urbano, cuando se obliga a los gobiernos a justificar cada peso, en Juárez ocurre exactamente lo contrario, participamos un día, callamos mil.
El costo de no participar, Cada vez que una audiencia pública queda vacía …alguien más decide; cada vez que un presupuesto pasa sin discusión… alguien más decide.
Cada vez que una obra pública no recibe vigilancia… alguien más decide; cada vez que una colonia no se organiza… alguien más decide.
La política detesta los vacíos, cuando la ciudadanía se retira, el poder nunca queda solo, lo ocupan los intereses económicos, los grupos de presión, las coyunturas electorales, las decisiones de corto plazo.
La pregunta incómoda nos hemos acostumbrado a preguntar cuánto cuesta construir una escuela, cuánto cuesta pavimentar una avenida, cuánto cuesta un hospital, la pregunta verdaderamente importante es otra.
¿Cuánto nos ha costado no exigirlos?
¿Cuánto dinero han perdido las familias juarenses por recorrer kilómetros adicionales todos los días?
¿Cuántas inversiones dejó de recibir la ciudad por la falta de infraestructura?
¿Cuánto crecimiento económico se frenó por la ausencia de planeación?
¿Cuánto talento emigró porque la calidad de vida nunca estuvo a la altura de la capacidad productiva de Juárez?
La respuesta probablemente asciende a decenas de miles de millones de pesos acumulados durante las últimas décadas, pero el mayor costo no aparece en ninguna estadística.
Es una generación completa que aprendió a sobrevivir en una ciudad que produce riqueza para el mundo, pero que todavía no ha aprendido a producir ciudadanía.
Porque el verdadero problema de Ciudad Juárez no es únicamente la falta de recursos, es que hemos normalizado vivir en una ciudad donde la indiferencia resulta más barata que la participación… hasta que llega la factura.
Y esa factura, como siempre, termina pagándola la sociedad.

