Por Carlos Murillo
Siempre lo he sostenido: la gran tragedia de Ciudad Juárez consiste en que produce riqueza, pero recibe pobreza. Tiene los votos para una elección, pero recibe marginación. No se trata de una fatalidad histórica ni del simple péndulo de la política que unas veces favorece a un partido y otras a su adversario. El problema es mucho más profundo. Nuestra verdadera tragedia radica en que demasiados políticos nunca quieren ser aquello para lo que fueron electos.
Vale la pena detenerse en esta idea. Por ejemplo, el regidor piensa en convertirse en diputado; el diputado aspira al Senado; el senador sueña con la gubernatura o con la presidencia municipal; el alcalde busca la gubernatura, y el gobernador mira hacia el Senado o hacia un nuevo cargo nacional. Nadie parece dispuesto a ejercer plenamente la responsabilidad que hoy ocupa. Todos gobiernan con la mirada puesta en el siguiente escalón.
Ese comportamiento no es casual. Es consecuencia de un sistema político donde los partidos concentran el poder de decisión y las candidaturas dependen, en gran medida, de las dirigencias, de los grupos internos o del liderazgo dominante del momento. La ciudadanía vota, sí, pero antes alguien decide quién aparecerá en la boleta.
El proceso electoral de 2027 será un claro ejemplo de esa dinámica. Chihuahua renovará la gubernatura, las presidencias municipales y el Congreso local, mientras que, en el ámbito federal, serán las primeras elecciones intermedias de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, una jornada que inevitablemente será interpretada como un referéndum sobre los primeros tres años de su administración.
Sin embargo, mucho antes de que inicien formalmente las campañas, numerosos servidores públicos habrán dejado de concentrarse en las responsabilidades para las que fueron elegidos. El último año de gestión suele convertirse en un periodo de promoción personal, negociación política y construcción de candidaturas. Los proyectos de gobierno se ralentizan, las decisiones se posponen y la prioridad deja de ser la ciudadanía para convertirse en la supervivencia dentro del sistema político. La vieja frase atribuida a César Garizurieta “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error” sigue describiendo, con incómoda vigencia, la lógica de muchos actores públicos.
Conviene aclararlo: no hay nada reprochable en dedicarse profesionalmente a la política. Toda democracia necesita mujeres y hombres capaces de construir acuerdos, generar consensos y conducir instituciones. El problema surge cuando la política deja de entenderse como un servicio público y se convierte únicamente en una carrera personal.
En términos generales, podrían identificarse tres perfiles de políticos. El primero está integrado por políticos con auténtica vocación de servicio, capacidad técnica y elevados estándares éticos; lamentablemente, son los menos. El segundo lo conforman quienes ejercen el poder desde la ignorancia, la demagogia o la improvisación, privilegiando el cálculo electoral sobre las soluciones públicas. Finalmente, existe un tercer grupo: los políticos invisibles, aquellos que desaparecen durante casi todo el periodo constitucional y reaparecen únicamente cuando las elecciones se aproximan. Quizá este último sea el grupo más numeroso.
A menos de un año del proceso electoral, los indicios ya son evidentes. Aparecen bardas pintadas, espectaculares, calcomanías en vehículos, campañas digitales y toda clase de estrategias para posicionar nombres. Lo verdaderamente llamativo es que prácticamente ninguno de esos aspirantes proviene de la iniciativa privada, de la academia, de organizaciones civiles o del liderazgo comunitario. La mayoría ya forma parte del aparato gubernamental y simplemente busca permanecer dentro de él.
En realidad, pocos conciben la posibilidad de regresar a la actividad que desempeñaban antes de ocupar un cargo público. Lo que buscan es mantenerse en la nómina del Estado, aunque sea desde otra posición. Cambia el cargo, pero no el objetivo.
¿Quién decide si continúan? Formalmente, los ciudadanos emiten el voto. En la práctica, las candidaturas suelen definirse mucho antes, mediante negociaciones entre las élites partidistas. Ahí se confeccionan las listas, se distribuyen los espacios y se reparte el poder. Por eso los mismos apellidos, los mismos grupos y los mismos rostros aparecen una y otra vez en las boletas. El acceso al sistema político mexicano continúa dependiendo, en buena medida, de vínculos familiares, lealtades internas o acuerdos entre grupos de poder. No es un secreto; es una realidad ampliamente conocida.
Estos son rasgos característicos de democracias con instituciones todavía frágiles, donde las barreras de entrada para un ciudadano común resultan extraordinariamente altas. Quienes logran superarlas rara vez permanecen concentrados en la responsabilidad que recibieron. Desde el primer día comienzan a construir la siguiente candidatura, conscientes de que el ascenso depende mucho más de la voluntad de unas cuantas personas que del respaldo ciudadano.
En los próximos meses comenzarán los procesos internos de los partidos políticos. Veremos recorridos, reuniones, entrevistas y una intensa promoción de quienes buscan una candidatura. Tal vez, antes de escuchar sus promesas, convendría formular una pregunta elemental: ¿realmente desean desempeñar el cargo que solicitan o simplemente necesitan ocuparlo para seguir avanzando en su carrera política?
La respuesta importa porque Ciudad Juárez no necesita políticos obsesionados con el siguiente puesto. Necesita servidores públicos comprometidos con el cargo que hoy ocupan. Si durante décadas hubiéramos contado con representantes que privilegiaran la visión de Estado sobre la ambición personal, difícilmente enfrentaríamos un rezago de más de cuarenta años en infraestructura urbana, ni los persistentes problemas de violencia, desigualdad y precariedad en los servicios públicos.
La tragedia de Juárez no es únicamente económica ni administrativa. Es, sobre todo, una tragedia política: una ciudad que genera la riqueza de México, pero que ha sido gobernada, una y otra vez, por quienes siempre están pensando en el siguiente cargo y casi nunca en la siguiente generación de juarenses.

