El desprestigio de la política en Ciudad Juárez

Política

Cuando el poder dejó de representar y comenzó a administrarse a sí mismo

Por Guadalupe Parada Gasson


Por décadas se ha repetido una frase que hoy parece convertirse en una sentencia colectiva: “todos los políticos son iguales”.
Sin embargo, la verdadera tragedia no es que la ciudadanía lo repita, sino que la clase política parezca empeñada en demostrarlo todos los días.


En Ciudad Juárez existe un fenómeno social que trasciende la coyuntura electoral.
No se trata únicamente del rechazo hacia un partido político o hacia determinados funcionarios.
Lo que se ha construido es un estigma social profundo sobre la figura del político, una identidad pública asociada con privilegios, simulación, oportunismo y desconexión con la realidad cotidiana de la población.


Este estigma no nació en redes sociales ni fue inventado por la oposición política. Es el resultado de décadas de acumulación de decepciones. Cuando un niño escucha en casa que “los políticos sólo roban”, cuando un comerciante afirma que “todos llegan para hacerse ricos”, cuando un estudiante asegura que “la política no sirve para cambiar nada”, no estamos frente a simples opiniones individuales.

Estamos observando un proceso de construcción cultural. El sociólogo francés Pierre Bourdieu sostenía que el poder simbólico depende de la legitimidad que la sociedad concede a quienes gobiernan. Cuando esa legitimidad desaparece, el cargo permanece, pero la autoridad moral se desvanece.

Eso ocurre hoy en Ciudad Juárez. Los políticos pueden conservar oficinas, escoltas, presupuestos y discursos institucionales, pero han perdido algo mucho más importante; la credibilidad.

Las cifras oficiales respaldan esta percepción. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG) 2025 del INEGI, 83.9% de la población considera frecuente la corrupción en los partidos políticos y únicamente 23.9% manifiesta tener confianza en ellos, colocándolos como la institución peor evaluada del país.


No es casualidad, la confianza no desaparece de un día para otro, se erosiona cuando las campañas prometen transformar una ciudad y los problemas estructurales permanecen intactos. Se destruye cuando los ciudadanos observan inauguraciones espectaculares mientras continúan faltando escuelas, centros de salud, transporte digno y espacios públicos seguros.


En Juárez, particularmente en el suroriente, cientos de miles de personas viven una realidad que rara vez ocupa el centro de la agenda política. Colonias completas siguen creciendo sin la infraestructura mínima mientras los discursos oficiales hablan de “desarrollo histórico”.

La antropóloga Marc Augé advertía que las sociedades modernas producen “no lugares”; espacios donde las personas existen físicamente pero permanecen invisibles para el Estado. El suroriente de Juárez representa precisamente ese fenómeno, no es únicamente un territorio. Es una metáfora del abandono institucional, mientras tanto, gran parte de la clase política continúa atrapada en otra lógica.


La lógica del evento.
La lógica de la fotografía.
La lógica del video para redes sociales.
La lógica del boletín.

Hoy parece más importante inaugurar una obra que mantenerla funcionando, importa más cortar un listón que resolver un problema, iImporta más acumular seguidores digitales que construir confianza ciudadana.


El historiador Yuval Noah Harari advierte que las sociedades contemporáneas viven dominadas por narrativas. El problema aparece cuando la narrativa sustituye a la realidad. Eso parece ocurrir con frecuencia en la política local. Las administraciones producen una enorme cantidad de comunicación institucional. Pero la percepción ciudadana no mejora. ¿Por qué?


Porque la experiencia cotidiana termina derrotando cualquier campaña de imagen, no importa cuántos videos institucionales existan Si el ciudadano tarda dos horas para llegar al trabajo, si una madre continúa esperando un lugar para su hijo en una escuela.
Si un adulto mayor sigue sin atención médica cercana, Si las calles permanecen destruidas. La realidad siempre termina siendo la mejor encuesta.


Max Weber diferenciaba entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción. muchos políticos actuales parecen practicar una tercera categoría: La ética de la conveniencia. Cambian de partido sin explicar razones ideológicas, construyen alianzas con quienes ayer calificaban como enemigos; critican aquello que después terminan defendiendo; prometen transparencia mientras restringen el acceso a la información. hablan de austeridad mientras multiplican estructuras administrativas.


No sorprende entonces que la política haya dejado de ser vista como una vocación pública para convertirse, en el imaginario colectivo, en una profesión de beneficios personales.

El problema resulta todavía más profundo. Los ciudadanos ya no distinguen entre buenos y malos políticos, simplemente dejaron de creer. Esa es la diferencia entre una crisis de gobierno y una crisis de legitimidad. La primera puede resolverse con mejores políticas públicas, la segunda exige reconstruir la confianza desde sus cimientos.


El filósofo Hannah Arendt advertía que el mayor riesgo para una democracia no era únicamente el autoritarismo, sino la pérdida del espacio público donde las personas dejan de creer que participar tiene sentido; cuando eso ocurre aparece el cinismo social, la abstención, la indiferencia y finalmente la resignación.


Ciudad Juárez comienza a mostrar síntomas preocupantes, cada vez menos ciudadanos esperan soluciones provenientes de la política, prefieren resolver mediante organizaciones civiles, iglesias, empresarios o redes vecinales lo que consideran incapacidad gubernamental.

Paradójicamente, mientras la confianza en universidades, escuelas públicas y organizaciones sociales permanece significativamente más alta, los partidos políticos siguen ocupando el último lugar entre las instituciones evaluadas por la ciudadanía.


No es una percepción aislada, es una tendencia nacional; pero Juárez la vive con mayor intensidad porque carga una historia marcada por violencia, abandono institucional, desigualdad territorial y promesas incumplidas, Aquí aparece una pregunta incómoda.

¿Los políticos tienen mala imagen porque la ciudadanía es injusta?
¿O la ciudadanía es crítica porque la clase política ha normalizado prácticas que alimentan ese desprestigio?

La respuesta probablemente incomode a muchos. Los políticos no son víctimas del estigma.
con frecuencia son sus principales constructores con cada acto de nepotismo, cada designación basada en lealtades personales, cada licitación cuestionada, cada promesa incumplida, cada cambio de partido por conveniencia, cada campaña permanente disfrazada de informe institucional, cada conferencia sin resultados, cada fotografía sustituyendo al trabajo de campo.
cada decisión tomada desde el cálculo electoral y no desde el interés público. Todo ello fortalece el estereotipo que después los propios políticos lamentan.


No basta con exigir que la ciudadanía vuelva a confiar, la confianza no se decreta, Se merece y se construye,
con resultados verificables, con congruencia, con rendición de cuentas, con cercanía auténtica, con capacidad técnica,
con humildad.


Ciudad Juárez necesita recuperar la política como instrumento de transformación colectiva, no como espectáculo,
no como industria electoral. no como carrera profesional. Porque cuando la sociedad deja de creer en quienes gobiernan, la democracia no desaparece de inmediato, simplemente comienza a vaciarse por dentro.
Y ese proceso, silencioso pero devastador, quizá sea el mayor riesgo que enfrenta hoy nuestra ciudad.
La peor crisis no es tener malos políticos, la peor crisis es acostumbrarnos tanto a ellos que dejemos de esperar algo mejor.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *