Por Guadalupe Parada Gasson
Por años, Ciudad Juárez convirtió a la industria maquiladora en su principal motor económico, en su gran generadora de empleo y prácticamente en su tarjeta de presentación ante México y el mundo.
El problema es que una ciudad que depende demasiado de un solo motor termina siendo vulnerable cuando ese motor desacelera.
Y hoy hay señales que obligan, por lo menos, a dejar de presumir la maquila como solución universal y empezar a preguntarnos qué sigue para Juárez.
Los números no son para hacer política; son para hacer diagnóstico.
En 2024, la economía de Chihuahua cayó 1.0 por ciento y las actividades secundarias disminuyeron 2.9 por ciento; dentro de ellas, las industrias manufactureras retrocedieron 4.2 por ciento, mientras que a nivel nacional la manufactura cayó apenas 0.4 por ciento.
Es decir, Chihuahua tuvo un retroceso manufacturero diez veces mayor que el observado en el país.
Y en marzo de 2026, el indicador mensual de actividad industrial volvió a mostrar señales negativas; Chihuahua registró una caída mensual de 1.7 por ciento y una contracción anual de 5.1 por ciento. Aquí está el verdadero dato político; la maquila no solamente genera empleos; también genera dependencia económica.
Cuando una planta reduce turnos, congela contrataciones, ajusta producción o decide trasladar una línea, la consecuencia no termina en el gafete del trabajador que deja de entrar.
Se mueve hacia el transporte, las tiendas de barrio, restaurantes, rentas, vivienda, talleres, servicios profesionales, escuelas particulares y proveedores.
La cadena económica completa comienza a sentir el jalón y eso debería preocupar especialmente en una ciudad fronteriza donde miles de familias dependen de un ingreso laboral relativamente ajustado. Para 2026, el salario mínimo en la Zona Libre de la Frontera Norte quedó en 440.87 pesos diarios, equivalentes a 13 mil 409.80 pesos mensuales.
El aumento salarial es una conquista importante y fortalece el consumo, sí; pero también revela una realidad; para una familia que vive prácticamente al límite, perder uno de esos ingresos no significa solamente dejar de comprar un producto; puede significar retrasar la renta, recortar alimentos, suspender una reparación, dejar de comprar ropa, cancelar actividades de los hijos o recurrir al crédito. El empleo industrial no es una estadística; es la despensa de una familia.
Por eso, cualquier reducción del empleo formal tiene un efecto multiplicador; si tomamos como referencia los 568 puestos formales menos reportados para Juárez durante julio, el número puede parecer pequeño frente al tamaño de la fuerza laboral de la ciudad; pero el error está en mirar solamente la cifra absoluta.
Detrás de cada puesto hay consumo, dependientes económicos y una red de negocios que recibe ese ingreso.
Y conviene ser rigurosos; ese dato local debe distinguirse de las cifras estatales y nacionales del IMSS, que muestran que en junio de 2026 el país alcanzó 22.78 millones de puestos formales y sumó 262 mil 628 empleos en el primer semestre.
El problema de Juárez, entonces, no necesariamente es que México esté perdiendo empleo; es que nuestra estructura productiva sigue demasiado expuesta a los ciclos de la manufactura de exportación. Aquí aparece otro asunto incómodo; ¿qué tanto dinero de la maquila realmente se queda en Juárez?
Esa debería ser una de las grandes preguntas de la política económica local. Una planta puede producir millones de dólares y, sin embargo, comprar buena parte de sus insumos, tecnología, maquinaria y servicios especializados fuera de la ciudad.
El reto no es solamente atraer otra fábrica.
Es conseguir que más empresas juarenses puedan convertirse en proveedoras de esa fábrica.
Que el taller local venda piezas. Que el despacho local venda servicios. Que el restaurante local atienda trabajadores. Que la empresa tecnológica local resuelva procesos. Que el transporte, mantenimiento, seguridad, ingeniería, logística y capacitación sean negocios juarenses.
El verdadero desarrollo no se mide únicamente por cuántas maquiladoras tenemos, sino por cuánto valor agregado permanece en la ciudad.
Y aquí el sector empresarial tiene que hacer su propia autocrítica. Durante décadas, la discusión económica de Juárez se concentró demasiado en cuántos empleos nuevos llegaban y cuántos metros cuadrados de naves industriales se construían, eso fue exitoso en términos de generación de empleo, pero insuficiente para construir una economía verdaderamente diversificada.
Hoy el discurso empieza a cambiar; competitividad, proveeduría local, talento, innovación, infraestructura y diversificación comienzan a aparecer con mayor fuerza en la conversación empresarial. No es casualidad, es una señal de que el modelo necesita evolucionar.
Porque mientras Juárez siga dependiendo fundamentalmente de que una corporación extranjera decida aumentar producción, mantener una línea o abrir una nueva planta, buena parte de nuestro futuro económico seguirá estando fuera de nuestras manos.
La ciudad necesita pasar de ser solamente territorio de manufactura a convertirse en ecosistema económico, esto significa fortalecer pequeñas y medianas empresas, integrar proveedores locales a las cadenas globales, impulsar servicios de mayor valor, desarrollar talento técnico y profesional, promover tecnología, logística, comercio binacional, economía creativa, construcción, turismo de negocios y emprendimiento.
El propio INEGI ofrece una pista interesante; en Chihuahua, mientras las actividades secundarias cayeron 2.9 por ciento en 2024, las terciarias crecieron 1.1 por ciento; dentro de ellas avanzaron el comercio al por mayor 2.1 por ciento, transportes, correos y almacenamiento 2.9 por ciento, servicios profesionales, científicos y técnicos 21.3 por ciento y servicios de salud y asistencia social 5.8 por ciento.
Ahí está parte de la respuesta; diversificar no significa abandonar la maquila; significa construir alrededor de ella una economía capaz de resistir cuando la manufactura tenga ciclos negativos, la discusión, entonces, debería dejar de ser maquila sí o maquila no; La maquila llegó para quedarse y seguirá siendo fundamental para Juárez. La pregunta inteligente es otra; ¿qué ciudad queremos construir alrededor de la maquila? Porque si la respuesta continúa siendo únicamente más parques industriales, más naves y más operadores, estaremos administrando empleo, pero no necesariamente construyendo desarrollo.
El verdadero reto económico de Juárez no es atraer una maquiladora más, es lograr que cuando una maquiladora reduzca personal, la ciudad no se tambalee, que existan cientos de proveedores locales capaces de sostenerse. Que haya pequeñas empresas con capacidad de crecer.
Que el trabajador tenga alternativas laborales, que una familia no dependa de un solo ingreso, que el conocimiento producido en las plantas genere empresas juarenses, que el dinero circule varias veces antes de salir de la ciudad.
Porque una economía fuerte no es aquella que presume que tiene una gran industria, es aquella que puede sobrevivir cuando esa gran industria tiene un mal año y quizá ese sea el chisme económico que nadie quiere poner sobre la mesa; Juárez aprendió a vivir de la maquila; ahora tiene que aprender a vivir también de todo lo que puede construir alrededor de ella.

